Un dragón de dos cabezas


Desde muy pequeño me contaron el cuento del éxito, ese camino que debía seguir derechito para que la sociedad me considerase una persona respetable, para que otros me admirasen y pudiese vivir una vida cómoda, llena de placeres.

Entonces comencé mi vida laboral, trabajando con mi papa en verano, en un trabajo que me parecía muy entretenido (fabricación de generadores de ozono) porque lo hacía con mi hermano gemelo, nos parecía una competición, haber quien lo hacía mejor y más rápido, y resultaba gratificante ver el trabajo terminado. Pero llego un verano que me planté, y le dije a mi Papa que necesitaba ganar dinero, porque quería comprar un coche, ya que era parte del camino hacia el éxito que me habían contado, y con 18 años, no estaba dispuesto a esperar ni un minuto más.

Así fue como comencé a trabajar de camarero, sin alcanzar a saber lo lejos que me llevaría aprender ese oficio. Comencé en un restaurante especializado en la venta de marisco y pescado fresco que se llama “Las Olas”, en la playa de la Maruca de Santander. Allí viví una experiencia inolvidable, esforzándome como nunca lo había echo antes, aprendí lo que cuesta ganar las cosas a una temprana edad. Fue una fortuna tener los jefes que tuve, empresarios que había logrado lo que habían logrado a base de mucho trabajo, diario. Me pareció que trabajábamos en familia, el ambiente era bueno y la paga mejor. Nadie dudaba que había que esforzarse mucho para atender bien el comedor lleno, especialmente los fines de semana, pero se veía recompensado. Recuerdo que mi falta de experiencia hizo que rompiera toda una vajilla y en lugar de reprenderme por ello, al final del verano recompensaron mi esfuerzo con un dinero adicional al acordado. Esa forma de liderar tan personal, me ha inspirado hasta nuestros días.

Después de ahorrar unos meses compré mi primer coche, un Rover 414 de segunda mano, que consumía mucho pero me llevaría en la dirección que quería. No tarde en aburrirme y desear otro coche más espectacular. Fue así como, quedando bien en casa y regalándole éste a mi hermano, fui a Madrid a comprar un Volskwagen Golf descapotable. De regreso a Santander parecía que iba manejando una nave espacial, era una sensación única conducir ese coche de 1975. Lo disfrute mucho, pero después de un tiempo paso de ser un sueño a ser un coche, como pasa con muchas cosas materiales.

El siguiente sueño hecho realidad fue montar Polo Café Bar, un negocio de hostelería. Para resumir la historia, contaros que tarde 8 meses en abrirlo, después de una obra más larga que la del Escorial. Tuve muchos problemas con el arquitecto y los proveedores, hasta tal punto que se acabo el dinero y me embargaron para llevarse todo el equipamiento. Conseguí resolver esa falta de liquidez y abrir las puertas, pero sabía que la deuda adquirida era una losa muy grande para levantarme. Así trabajé durante casi tres años, de lunes a domingo, en invierno y en verano, con muy poca ayuda y algunos clientes fieles, pero sin poder alcanzar ese sueño de franquiciar y escalar.

Me gustaba la sensación de sentirme empresario, porque también era un requisito para ser exitoso, y lo sabía jugar muy bien, pues me vestía como tal y cuidaba mucho el protocolo y las relaciones sociales.

Nadie me dijo lo duro que era el fracaso, y lo que suponía en una ciudad tan pequeña. Tuve que averiguarlo solo, porque aquellas personas conocidas que venían por el local y me invitaban a salir y tomar algo, se alejaron cuando se enteraron que había fracasado. Pocos amigos quedaron cerca, aunque sin duda los más especiales, y tuve que empezar de nuevo y levantarme.

Después de ese primer negocio y muchas otras experiencias personales, viviendo en Inglaterra, Estados Unidos, África, India y Colombia, compartiendo con comunidades y personas locales, observando y escuchando, preguntando y conversando (creo que sin duda el viaje es parte de mi vida y un proceso de aprendizaje), entendí que el éxito depende de cada uno, que todas las definiciones son válidas y a medida que he podido conocer diferentes líderes he podido admirar diferentes cualidades de su definición, que me ayudaron a construir la mía.

HOY valoro más la sencillez que la comodidad,

HOY valoro más la naturaleza que el Spa,

HOY valoro más el mar que el jacuzzi,

HOY valoro más un escarabajo que un Ferrari,

una huerta y unas gallinas que una tarjeta Visa.

Creo que ha sido gracias a un camino espiritual y de auto-conocimiento, como he podido conocerme mejor y saber lo que quiero (sin duda el Camino de Santiago marco un antes y un después en mi vida). No puede dejarse fuera de esta definición haber encontrado mi propósito y orientado mi tiempo a servir a otros. Creo que esta parte de servicio y generar valor o impacto positivo en el mundo es fundamental en mi definición y hace que todos los problemas sean relativos y que todos los retos sean accesibles, porque mi propósito es algo más grande que yo.

Me considero una persona francamente exitosa, no salgo en las revistas o los telediarios, no firmo autógrafos ni me piden fotos, pero soy exitoso porque “Soy dueño de mi tiempo, y lo dedico a cosas que para mi tienen sentido”. Por eso, dedico el 100% de mi tiempo a servir, a despertar conciencia crítica para humanizar el mundo, a ayudar a otros a hacer realidad sus sueños y encontrar su propósito.

Entonces no tengo un trabajo, sino una forma de vida. Para hacer realidad ese propósito, dirijo una empresa social (HOLA GHANA), doy conferencias, talleres y mentorías, he escrito un libro, grabado un curso online y diseñado un programa de educación experiencial (VIAJES DE APRENDIZAJE). Colaboro y sumo en proyectos de otros y dedico una parte importante de mi tiempo a conectar personas, a generar capital social, a mejorar mi propuesta de valor para generar un mayor impacto social.

Seguimos caminando juntos!

#autoconomiento #servicio #éxito

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