Hasta que amemos la vida

La violencia vuelve a brotar en las tierras de Colombia; masacres y asesinatos de inocentes, de líderes sociales, de indígenas y defensores de la tierra, de personas comprometidas con la humanidad y el planeta.

Hace unos años que se firmo la Paz, pero nada más lejos de la realidad. Sigue habiendo grupos armados, disidentes, narcotraficantes y bandas de delincuentes. La desigualdad es tan grande que no puede uno más que indignarse. Pero sobre todo se siente impotencia porque siguen muriendo líderes cada día, que arriesgan su vida, luchando por la Amazonía, por sus territorios, por la justicia social, contra la corrupción y el narcotráfico.

Las lagrimas no cesan, sigue habiendo muertos en las cunetas, historias trágicas y vidas que no valen nada. Muchos encuentran la respuesta en la violencia y las armas, cultura reinante en este país, polarizado y fragmentado, pero la conciencia crece y en América Latina otras formas de relacionarnos y de pensarnos como sociedades van calando.

Sigue vivo el recuerdo, los muertos aún inspiran, los valores siguen vivos y el legado palpita. Sigue habiendo esperanza y un propósito para arriesgar la vida, sigue habiendo causas inmunes a las armas. Hay luz al final del túnel, porque emergen nuevos liderazgos, personas que recogen el testigo, que de nuevo se ponen en la línea de fuego, arriesgando su vida y la de sus familias, hasta que amemos la vida.

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