La velocidad

Siempre que vuelvo a Santander cambio de marcha, la vida se acelera, quiero hacer mil cosas y ver a muchas personas. Me doy cuenta después, cuando ya me he ido, que no tenía que haberme complicado tanto la vida y podía bajar el ritmo. Es algo natural, como si estuviera programado, estoy tan acostumbrado a ir a toda velocidad cuando regreso a la tierruca, que me olvido del campo y el estilo pausado.


La verdad es que está última vez hemos ido solo tres días y hemos logrado el objetivo, he podido hacer algunos trámites burocráticos y además me he reunido con tres emprendedores sociales extraordinarios para seguir avanzando.

Entre medias, hemos podido compartir con mis sobrinos y pegarnos un baño en Comillas, he tomado cafés con mi padre y mi hermano, he hecho arreglos al coche y lo he limpiado, he caminado por la playa y me he comido un helado, pero además he podido seguir trabajando gracias a seguir madrugando. Vamos, que son mil cosas para tan poco tiempo, he sacrificado la lectura y otros espacios más relajados, los amigos que he visto han sido coincidencias del destino, nada preparado, también he pasado poco tiempo en casa y no he encendido la televisión ni para ver un partido de fútbol.


Por otro lado, me alegra no vivir en Santander en este momento, prefiero tenerlo cerca para ir de vez en cuando, pero vivir a otro ritmo en el campo. Creo que es una decisión acertada, aislarnos un poquito para disfrutar más los encuentros con familia y amigos. También para llevar un ritmo de vida más tranquilo, poder caminar y “perder el tiempo”, poder conversar con vecinos del pueblo y conocer las historias de los osos y los lobos, poder montar bici y sembrar unos tomates en la huerta, poder bañarme en el río, a pesar de que está muy frío.


Y tu, ¿Prefieres el campo o la ciudad para vivir tu día a día?



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