Pensando en voz alta sobre inversión inmobiliaria

Este mensaje va dirigido a aquellas personas que con enorme esfuerzo y trabajo, con el sudor de su frente, han construido un imperio o un sencillo patrimonio familiar pero que no están de acuerdo con el actual sistema mundial, que descarta gente, pone en riesgo la supervivencia como especie y del planeta en general. Simplemente se plantean algunas ideas para cambiar de paradigma, para no repetir los mismos patrones y esperar resultados distintos.

 

En estos tiempos que corren de incertidumbre y miedo, mucha gente sigue construyendo su propia seguridad en la inversión inmobiliaria. La falta de credibilidad en el sector bancario y la alta tasa de fracaso empresarial hace que a pesar de la gran crisis de 2008 mucha gente siga invirtiendo en el ladrillo.

 

Cuando ya se cuenta con un patrimonio, es más fácil poder jugar al juego de la especulación inmobiliaria, donde en unos meses o años las propiedades se revalorizan, siendo frecuente incluso la venta antes de la escritura de propiedad. Haciendo esto, los propietarios (que en realidad nunca lo fueron), ceden los derechos de la casa, apartamento o local a terceras personas que pagan la misma con un incremento importante. Se trata de la ley del más listo, y son muchas las personas a las que les sale bien este tipo de operaciones. Otras sin embargo, se arriesgaron en creer en promotoras inmobiliarias y fueron engañados. El riesgo es premiado con el incremento considerable del precio de la vivienda.

 

Este forma de salvaguardar los ahorros o invertir para ampliarlos, realizada de forma generalizada, permeando la cultura y transformando los valores de la sociedad, ha provocado grandes burbujas inmobiliarias, como la que azotó España y dejó el país en un estado de pobreza y precariedad que a muchos les recordó a la época que contaban sus abuelos de la postguerra, salvando las distancias, con falta de servicios sociales y oportunidades. Recuerdo como en un barrio de Vallecas (Madrid), el comedor de las Misioneras de la Caridad comenzó no solo a recibir por aquel entonces habitantes de calle sino trabajadores que si pagaban el alquiler no les quedaba dinero para comer. Se repartían hasta 300 comidas los domingos!

 

Sin embargo, a pesar de que muchas de estas personas sean admiradas por su inteligencia, su valor para invertir y como se garantizan algunas de ellas un ingreso pasivo continuo a través de arriendos, no son conscientes o no les importa hacer parte de la burbuja inmobiliaria que ha dejado en la calle a miles de personas en estos últimos años y que genera una desigualdad muy grande en las sociedades. Este tipo de prácticas, conlleva que el acceso a la vivienda sea inalcanzable para muchas familias, debido a gran incremento en los precios de mercado y la falta de viviendas sociales.

 

Hoy hasta el más tonto invierte en finca raíz en Colombia, uno de los países con mayor desigualdad social de Latinomerica. Esta práctica egoísta e interesada, genera unas rentas altas para las familias que ya por lo general están en posesión del capital y vivienda propia, incrementando la barrera de acceso para que otras familias puedan acceder a una vivienda digna.

 

Cuando yo me planteo asegurar mi futuro y mi capital, ofrecer oportunidades a mi familia para vivir bien (por cierto, ¿que significa vivir bien?), me aferro más a mi fe y confianza en Dios, y no tanto en las personas, así como a mi capacidad de producir, de salir adelante y buscar nuevas oportunidades. De esta forma, no me planteo invertir en una finca para mi recreo, o una vivienda para asegurar mi sustento. Con una sola vivienda me sobra y me basta, viviendo en el campo y veraneando en las ciudades. El vivir bien, yo lo relaciono con tener una estructura de costes pequeña, y no acumular muchas cosas, de tal manera que pueda dedicar el tiempo a cosas que me apasionan, a mi propósito, así como a compartir con las personas que más quiero. Vivir bien significa ser libre y como diría Alfons Cornella, el precio de la libertad es la incertidumbre.

 

Todavía no veo porque una persona que resida en una zona noble de la ciudad de Bogotá, que tenga medicina preparada, viaje en Uber y compre en Carulla puede considerarse que vive mejor que yo. En realidad, yo vivo en el campo y pago arriendo (de hecho 1/3 de lo que se paga en Bogotá por ello), utilizo transporte público y alguna que otra vez subo en taxi, compro en Fruterias y tiendas de barrio, tengo una huerta, perro y tres gallinas que me proveen de huevos a diario.

 

Siento que muchas personas son felices con el anterior modelo de vida descrito, pero considero que hay muchas más, que no se han parado a definir que es el éxito, que son educadas por la sociedad para perseguir cosas que no llevan a la verdadera felicidad.

 

¿Por qué no creer en las personas e invertir nuestro dinero y nuestro tiempo en ayudar a los demás?, ¿Por qué no apoyar emprendedores sociales que están cambiando el mundo, a través de plataformas como La Bolsa Social o Goteo, a través de microdonaciones, capital relacional, trabajo colaborativo, voluntariado, difusión, mentorías y espacios de crecimiento?. Asociar nuestra naturaleza humana que nos inclina a hacer el bien, con acciones concretas en esa dirección nos ayuda a alcanzar la Paz interior, la verdadera satisfacción. Nos ayuda a trascender y dejar este mundo un poco mejor.

 

No tengo nada en contra de tener unos ahorros, de las personas que pagan la pensión para asegurarse una jubilación, de tener una casa en propiedad en lugar de pagar arriendo hasta la eternidad. Sin embargo, planteo otras formas de invertir el dinero (o llamémoslo mejor tiempo). Muchas personas están de acuerdo en que cuando uno se da a los demás, la vida le devuelve con generosidad, le genera a uno felicidad. ¿Por qué no hacer esto con más frecuencia? ¿Por qué no hacer esto como forma de vida? ¿Por qué no ser felices cada día?. En una época de incertidumbre como la que vivimos, que no hay nada seguro ni trabajos definitivos, siento que debemos ser optimistas y confiar en nuestro destino, buscar un significado o sentido a la vida, construir comunidad y buena vecindad, confiar en las personas en lugar de criticar, cultivar nuestra espiritualidad. 

 

"Servir a los demás nos conecta con la eternidad". Óscar Pérez 

 

Si somos conscientes de que no nos llevaremos nada el día que nos despidamos, y que lo mejor que les podemos dejar a nuestros familiares, hijos, sobrinos… es nuestro amor y educación, más que bienes materiales, porque nos aferramos a todo lo que tenemos en lugar de a lo que somos y amamos.

 

¿Por qué no alinearnos a un propósito superior, de interdependencia humana para abordar los verdaderos retos globales de nuestra generación?. ¿Por qué no sembrar para que otros recojan y construir un mundo mejor?

 

Hubo una época donde los terratenientes eran los hombres exitosos, los dueños de la tierra, pero nos encontramos en la sociedad del conocimiento, donde somos dueños de nuestras ideas y podemos cambiar y transformar el mundo gracias a ellas. No es necesario entonces seguir repitiendo el modelo de acumulación de capital, del sálvese quién pueda o mirarnos el ombligo para ver como nos va. Es hora de saber como les va a los demás, de cuestionarme que estoy haciendo yo y como los voy a ayudar, como dedico parte de mi tiempo y dinero a equilibrar la justicia mundial, como estoy aportando a la construcción de un mundo más humano donde habitar. 

 

¿Cómo es posible que en pleno siglo XXI haya familias que disponen de varias viviendas, muchas de ellas sin ser utilizadas o parcialmente, mientras millones de personas son desplazadas de sus países de origen, viven en la calle o condiciones infrahumanas? ¿Cómo es posible que sea socialmente aceptado el éxito en relación al patrimonio y no con la vocación de servicio y el potencial de ayudar a otros?

 

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