Vecinos extraordinarios

Llega la Semana Santa, un momento especial para compartir con los de casa. Aprovecho estas líneas para recordar la fortuna que he tenido desde que llegué a Colombia de encontrar familias que nos cuidan y adoran.


Al llegar al país, aterrice un mes en un apartamento de Salitre, donde una familia que no me conocía de nada me acogió y me ayudo a organizarme. Siempre agradecido por la hospitalidad de Consuelo, la visión de Calisto y la compañía de su hijo Marco, por su ayuda en el desembarco. Ellos fueron quienes me hablaron de Kenji y lo llamamos, a la semana siguiente ya estaba empacando.


Conocer a Kenji fue importante para lograr mi deseo, vivir en Ciudad Bolivar un tiempo. Esa experiencia me permitió conocer la realidad colombiana en poco tiempo (desplazamiento, abusos, embarazo juvenil, alcohol, barras, drogas, sectas religiosas…). Siempre le estaré agradecido también, porque me inspiró para re-inventarme y construir mi rol de facilitador, mentor, conferenciante y escritor. Básicamente vivía con el dinero muy justo y esa nueva faceta me ayudo a salir del apuro. Muy agradecido por invitarme a trabajar juntos, también por compartir con nuestras familias en su casa o en la mía.


Llego a Ciudad Bolívar donde conozco a Luis y Berenice, quienes ponen a dormir juntos en la misma habitación a sus hijos Miller y Esteban para que yo cupiera. Era una casa pequeña, sin ventanas, con tejas de lata, sin agua caliente, pero llena de amor donde pase grandes momentos. Fueron varios meses inolvidables, sobre todo porque a pesar de las necesidades, nunca faltaba una presa de pollo y un plato de arroz para nadie. Aprendí mucho de aquella experiencia y los llevo en el corazón, siempre los recuerdo con agradecimiento. ¿Se imaginan una familia que vive con poco más del salario mínimo y recibe a un extranjero, lo aloja y alimenta si reclamar un peso? … de familias como esta salió el refrán de “donde comen dos, comen tres” y otros similares.


Después de casarme y vivir un año en Chía, decidimos ir al campo y nos instalamos en Tabio. Aquí de nuevo la vida nos regalo unos vecinos extraordinarios. Don Guillermo y Doña Marta son una bendición, nos quieren como a unos hijos. Nos ayudan con todo, cuando algo falla, cuando nos vamos de viaje, cuidando al perro y las gallinas, prendiendo luces para que no se vea la casa vacía, con las matas y el pasto… finalmente se han convertido en parte de nuestra familia, compartiendo momentos especiales, invitándonos a bodas y celebraciones de sus hijos, disfrutando las novenas y navidades juntos, pasándonos ajiaco o picada cada vez que hacen un asado en su casa … Ese tipo de familia encontramos en el campo colombiano.


A todos mis VECINOS: GRACIAS



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