Ya no llamo a nadie


Regreso a Santander unos días a ver a la familia, siempre es uno de los mejores momentos del año, disfruto de unos días de descanso. Es un viaje que vengo haciendo desde hace años, desde que me fui a vivir fuera de mi tierra, es un lugar donde regresar cuando hay tormenta. Me encanta caminar por Reina Victoria, tomar un café en la Concha, subirme en la Pedreñera o sentarme a contemplar la bahía en el paseo de Pereda.

Las primeras veces que regresaba llamaba a todo el mundo, quería visitar a amigos y conocidos, tomar café con unos, cañas con otros, salir a cenar, jugar fútbol en la playa o bañarme en la Horadada. Siempre andaba corriendo, no me daban los pocos días para toda mi agenda, en lugar de descansar me estresaba más.

Con el tiempo aprendí a soltar el acelerador, a disfrutar de las cosas sencillas y de momentos de soledad a lo largo del día. Desde entonces sigo volviendo, pero ya solo comparto con mi familia y algunos amigos de toda la vida. Si veo a alguien por la calle lo saludo, a veces salen planes imprevistos y divertidos, pero ya no visito a todo el mundo. Mis días en Santander son pocos y comparto mucho con mis sobrinos, que se van haciendo grandes y pronto me cambiarán por sus amigos.

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